[Artículo] Cuba-Filipinas, de Benito Pérez Galdós

Madrid, 9 de noviembre de 1884.

I

No importa que el tabaco cubano sea el más rico, el más delicado, el más aromático del mundo, para que tenga que sufrir en los mercados las desventajas de la competencia con las infinitas hierbas combustibles que se cosechan en distintos países del globo. Así como la alquimia quiere suplantar a la Naturaleza alterando los productos y falsificándolos, llámense vino, azúcar, café o alcohol, también en este ramo del fumar ocurren mixtificaciones tales que dentro de poco han de producir una corrupción general del gusto. Véndense por habanos en todas partes, cigarros elaborados en Hamburgo o Ámsterdam, con hoja de java. Algunos de estos géneros apócrifos se decoran con capa habana o aparecen pintados para engañar la vista ya que no pueden engañar el olfato. Se imitan las violas y aun las marcas célebres. La mala fé del comercio universal tiende al descrédito de todo lo que es calidad reconocida, y a la nivelación de todos los artículos. Ya no hay clases ni en la sociedad ni en los géneros de comercio; todo es malo, o cuando más mediano, y a nada de lo que entra por nuestra boca le preguntamos su abolengo con tal que sea barato.

Dicen que los alemanes fabrican azúcar de camisas viejas. Esto me parece exagerado; pero ello es que la fabrican con los vegetales que hasta ahora han disfrutado de peor opinión en lo tocante a propiedades zucarinas. Fabrican alcohol de patatas con tal perfección industrial que los antiguos alcoholes de caña y uva se retiran paulatinamente del mercado. Fabrican vinos de Jerez y de Málaga con desconocidos ingredientes a los cuales añaden zumo de pasas para darles algo de ese tufo castizo que con nada puede sustituirse. Hacen tabacos con hojas diferentes de plantas asiáticas, a las cuales se les da aroma con infusiones de la verdadera hierba cubana. Confeccionan te no se sabe cómo, y fabrican el propio grano de café, hecho de pasta de achicoria perfectamente imitada. Al mismo tiempo, con la anilina extraída de la ulla se falsifican todas las antiguas substancias tintóreas, la cochinilla, el índigo, la púrpura, así como en otro orden, el esparto ha venido a introducirse en los reinos de la lana y el algodón, en los del hilo. En resumen, los refinamientos de la mecánica y de la química industrial están alterando la distribución natural de productos en el planeta y tergiversando la ley del comercio. Ya el Mediodía no puede llevar al Norte sus vinos espontáneamente producidos por el suelo, porque el Norte, no pudiendo producirlos, los hace. Ya el azúcar antillana tiene que retirarse de los mercados ante el formidable crecimiento de esa cal dulce que se llama azúcar alemana. Ya el tabaco de prosapia, aquel incomparable habano que cerraba los banquetes con su generoso olor, es un puro mito, y en su lugar arden unos leños ásperos y pestíferos confeccionados en las marismas holandesas. Aún nos quedan las frutas, gala de nuestra región; pero ;no será posible que con esas ingeniosas alquimias y artificios nos la falsifiquen también? ¿Tardaremos mucho en ver naranjas artificiales y uvas de imitación al alcance de todas las fortunas? He oído que en Norte-América fabrican huevos con la misma facilidad que se podrían fabricar botones. Por ahí se empieza. La ulla no ha dicho aún su última palabra, y bien podrían esos condenados Sajones hacer con ella un sol artificial que calentase sus tierras frías y esteparias, dándoles los ricos frutos que aún son patrimonio de las nuestras.

II

Volviendo a Cuba, diré que ha tiempo vienen nuestros Gobiernos preocupándose mucho de su penosa situación y discurriendo medios para aliviarla. Hasta ahora fuerza es reconocer que esos medios, puramente empíricos, han sido ineficaces. Economías en el presupuesto, pequeñas rebajas en las contribuciones, reformas en la organización judicial y administrativa, todo esto es poca cosa para mal tan grande. Si las economías fueran tales que el presupuesto quedase reducido a la mitad; si las modificaciones arancelarias fueran de tal magnitud que la vida se abaratase considerablemente en la Isla; si las reformas fuesen tan sabias y profundas que transformasen el modo de ser político y jurídico de aquel país, las dificultades estarían salvadas en gran parte. El tiempo se encargaría de lo demás. Pero la enorme deuda que gravita sobre el tesoro de Cuba, las amenazas de nuevos trastornos que hacen necesaria la existencia de un ejército, los inconvenientes de la cuestión social recién resuelta, y junto con esto, intereses antillanos y peninsulares, que sistemáticamente tienden al sostenimiento del régimen tradicional, agravan el problema y dificultan de un modo lastimoso su revolución.

Antes de suspender sus sesiones autorizaron las Cortes al actual Gobierno para implantar una serie de medidas que atenuaran la grave crisis de Cuba. Algunas de éstas ya son un hecho, pero no resuelven el problema.

Provechoso es cuanto contribuya a estrechar más las relaciones comerciales entre las Antillas y España; pero siendo los Estados Unidos el mercado natural de aquellas, la idea del tratado con la gran República se abrió camino desde que la cuestión cubana fué abordada de frente y ya, gracias a Dios, aquella feliz idea está en vías de próxima realización. Las conferencias para acordar los términos del tratado se celebran en Madrid entre el representante de los Estados Unidos y el delegado del Gobierno para este objeto, señor Albacete, y al fin parece que se ha llegado a una avenencia.

El tratado está convenido, falta sólo, para hacerlo efectivo, la aprobación de las Cámaras en ambos Países, y de aquí que sea hoy tan grande nuestro interés en el resultado de la elección presidencial, pues de que triunfe Cleveland o Blaine, depende el éxito seguro o dudoso del tratado en el Capitolio

de Washington. Dícese que Blaine llevaría al Gobierno planes proteccionistas y Monroistas muy exagerados; mas de Cleveland se espera, por el contrario, una política expansiva y liberal en materias comerciales.

Aún se teme que en la misma nación americana halle enemigos grandes el tratado, pues los Estados del Sur producen azúcar y en el Sur y en el Norte las industrias tabaqueras tienen gran desarrollo. De modo que no ganamos para sustos, como vulgarmente se dice. Vencidas las dificultades de aquí, aparecen otras nuevas allá. Quéjanse aquí los castellanos de la depreciación que van a tener sus harinas en el mercado cubano; quéjanse los industríales de Cataluña, y a este clamor del egoísmo únese el de los azucareros de Virginia y Carolina del Sur. ¡Pobre Cuba! Siempre explotada por amigos y enemigos. Has sido la gallina de los huevos de oro, la vaca gorda… Tierra de promisión, has sido esquilada por la codicia de unos y otros. Todos se han creído con derecho a aprovecharse de tu riqueza, todos han apurado el abundante esquilmo que hallaron en tu rico suelo, y hoy estás descarnada, infecunda, miserable. ¿Cuándo te dejarán en paz? ¿Cuándo te permitirán gozar de lo tuyo y ser dueña de las considerables galas de tu propio suelo? Es terrible que no puedas removerte, sin que al punto resuenen en Europa y América lamentos y protestas. Ya con los llamados intereses peninsulares, ya con los intereses yankees; aquí y allí intereses que se atreven a darse a sí propios el nombre de derechos y que son rutinas y monopolios ejercidos sobre ti. Bien te cuadra aquel verso:

Ay, infeliz de la que nace hermosa.

Porque por haber nacido tan bella, y atesorar mil ventajas naturales, te tenemos todos afición tan grande. Si tuvieras ahora la mitad de las fortunas que se han hecho rápidamente en tu suelo, podrías empedrar con piezas de plata las calles de tus ciudades, hacer arrastrar los tranvías sobre carriles de oro. Y a pesar de los esfuerzos que ahora se intentan para devolverte parte de tu esplendor pasado, porque pensar en devolverte todo, sería pensar en lo imposible; a pesar de que ya está en la conciencia de todos, aun de los más egoístas, que es preciso poner remedio a tus graves males, temo mucho que hayamos acudido demasiado tarde, y te apliquemos emolientes en vez de heroicas medicinas. Confío, no obstante, en que la Divina Providencia, que tiene especial predilección por todo lo español, acuda en tu socorro; era Providencia, que si jamás nos permite llegar a una situación próspera y desahogada, tampoco consiente que nos perdamos y arruinemos por completo, y que cuando nos vé próximos a sucumbir, nos da la mano y nos libra de la muerte.

III

Ya que hablo de colonias, quiero decir algo de la que tenemos en Oceanía, el archipiélago filipino, hermosísima joya que va tomando de día’ en día más valor. Hay quien asegura que no merecemos ser dueños de ella. Los enormes vicios administrativos que llevamos a nuestras colonias nos desacreditan como nación colonizadora, dejándonos tan sólo la fama del espíritu conquistador que Ls arrancó a la barbarie para traerlas a la civilización y al cristianismo.

Desde que se decretó el libre cultivo del tabaco en aquel país, suprimiendo uno de los mayores absurdos que registra nuestra ineptitud administrativa, las condiciones económicas del archipiélago descubierto por Magallanes han entrado en una nueva face. Aquel país muerto, y si no muerto dormido para el comercio, da señales de vida y aún de iniciativa. ¡Pero falta tanto que hacer en Filipinas para que aquello sea una colonia floreciente como sus vecinas holandesas o como el continente australiano. Las obras públicas están allí en embrión, apenas se conoce el ferrocarril y el puerto de Manila continúa siendo un mito. No existe el tal puerto más que en las cifras del impuesto establecido para construirlo. A pesar de esto la producción del país aumenta prodigiosamente, ya no nos envía sólo tabaco, sino también azúcar (un nuevo enemigo para la infeliz Cuba), café y preciosas matenas fértiles. La población no baja de cinco millones de habitantes, y hay islas admirables y casi inexploradas donde el arado europeo no ha penetrado todavía; ni apenas se oye en ellas aún la armoniosa lengua de Castilla. Allí tenemos un porvenir brillante si lo queremos y sabemos aprovechar dando al trabajo la iniciativa y las energías que damos a un charlar bullicioso, a las conspiraciones y al vicioso mecanismo parlamentario que sólo consiste en quitar y poner empleados.

También en África tenemos un campo vastísimo de actividad. Pero ¡ay! el África es muy grande, nosotros muy pequeños, y los fuertes y poderosos se repartirán pronto sus inmensas costas, sus caudalosos ríos, sus riquisimos bosques para dar salida a los exuberantes productos de la industria sajona, para colocar los incalculables sobrantes de la fabricación inglesa y alemana. Calcúlense los millones de piezas de tela de algodón que se venderán el día en que las potencias del Norte enseñen a los africanos a vestirse. Les enseñarán a cañonazos; pero para el caso es lo mismo. Nosotros, como Portugal, llegamos tarde al África, llegamos inermes ¡ay! y con las manos vacías.

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