[Artículo] La dimisión de Bismarck, de Benito Pérez Galdós

Madrid, 24 de marzo de 1890.

I

No se habla de otra cosa. En todos los círculos, desde el más alto al más humilde, este asunto capital ahoga todos los demás asuntos. No se oye más que esta frase: «Ha dimitido Bismarck. ¿Qué pasará en Europa?» Todo el mundo creía, sin duda, que el canciller de hierro es más bien una institución que una persona, y que su posición política al frente del Gobierno de Alemania, y dirigiendo el mecanismo diplomático de toda Europa, no había de concluir sino con su vida. Bismarck es viejo. Desde el 62 gobierna a Prusia, y el Imperio ha estado en sus manos desde que existió. Parecía natural que el favorito de Guillermo I acabara sus días en el palacio de Wilhelmstrasse, residencia oficial de la Cancillería. Cuando empezó a correr la noticia de que el Emperador Guillermo II prescindía de los servicios de su primer ministro, nadie la daba crédito. Como otras veces el telégrafo nos ha traído la misma historia, se creía que ahora, como entonces, obedecía la noticia a maniobras bursátiles, o que era obra del pesimismo francés. AI verla plenamente confirmada, no quedó nadie que no expusiera su opinión sobre el caso.

Alguien creía sentir en Europa impresión semejante a la que produciría la caída de un régimen o el acabamiento de una gloriosa dinastía.

¡Bismarck caído! jBismarck fuera del Gobierno! No puede negarse que la emoción ha sido grande, que los cambios de todos los países se ha presentado en baja, que han renacido los temores de que se altere la paz, que se abren las puertas de lo desconocido, y que los espíritus más sagaces no saben profetizar lo que sucederá, ni qué rumbos son esos por los cuales quiere marchar el impetuoso Guillermo II.

Ya hablé, en mi anterior crónica, de los rescriptos imperiales proponiendo la conferencia para el mejoramiento de la clase obrera y de los trabajadores de las minas. Sabido es cómo respondieron los socialistas a los proyectos reformadores del emperador: acudiendo con formidable cohesión a la lucha electoral y aumentando considerablemente su fuerza dentro del Reichstag. La conferencia de economistas convocada por el Emperador se ha reunido ya y de un día a otro comenzarán las sesiones. En medio de ella cae como una bomba la dimisión del canciller, que al dar paso tan grave en los días mismos de la inauguración de la conferencia, da a entender claramente que su desacuerdo con el Emperador se funda en la distinta manera con que uno y otro aprecian la cuestión socialista.

En efecto: Bismarck ha dicho siempre que mientras más concesiones se hagan a los socialistas, peor. El Emperador toma la iniciativa para las economías que el Canciller estima peligrosas y contraproducentes, y la discordia estalla entre ambos. El ministro quiere dejar al Soberano la responsabilidad de sus ideas contemporizadoras, y el joven Soberano, lleno de bríos juveniles y de ilusiones de gloria, toma gustoso dicha responsabilidad. ¿Qué vendrá aquí? ¡Qué fracasos? Esta es la pregunta del día; a la cual se da comúnmente esta sabia y cautelosa respuesta: «Nadie lo sabe.»

En concreto, nadie sabe nada, y es imprudente aventurar juicios sobre el camino que tomará Guillermo II, pues es muy probable que él mismo no lo sepa. La enseñanza que principalmente se desprende de la emoción producida por la retirada de Bismarck es que el gobierno personal, aún cuando sea ejercido por Monarcas tan juiciosos como los Hohenzollern, y tenga por instrumento a hombres de la asombrosa inteligencia de Bismarck, no satisface plenamente las necesidades de los pueblos modernos, porque los hombres extraordinarios no nacen todos los días; y cuando un gobernante de esa talla cesa en sus funciones, bien por muerte, bien porque se concluye su privanza, parece que el país se queda huérfano y aturdido, sin saber por donde andar.

En otros términos: el gobierno personal es una tutela, que en el caso presente resulta de las más inteligentes; pero tutela a! fin. El país descansa en la pericia y vigilancia del tutor. Pero falta éste de improviso, y todo es desconcierto, sobresalto y pavura. No pasará tal cosa en Inglaterra, país donde no gobiernan los hombres sino las instituciones, donde ningún personaje político, por grande y conspicuo que sea, es insustituible. La opinión es allí el agente primordial del gobierno: los ministros son agentes en segundo grado, simples transmisores de la fuerza que arranca de los comicios. Si faltaran allí en un sólo día, los jefes de los dos grandes partidos, y los «leaders» de todos los grupos y las eminencias parlamentarias, inmediatamente serían sustituidos, sin que la mecánica política sufriese la menor alteración.

II

Ni los más encarnizados enemigos del Príncipe Bismarck desconocen los inmensos servicios que ha prestado a la patria. Su entendimiento colosal, su agudeza, la energía de su voluntad hacen de él la figura más culminante de Europa en la segunda mitad del siglo.

Dirigía la política alemana, y era la clave de toda la política europea, por el poder inmenso que bajo su experta mano adquirió el Imperio. Ministro de Prusia desde el 62, se señaló en su primeros tiempos de mando por las luchas que hubo de sostener contra el Parlamento, reforzando el poder real. Sostenido en el mando por el entonces Rey Guillermo, contra las acometidas furibundas de los liberales, preparó la campaña de 1867, en que dió al traste con la Confederación arrancando al Austria la hegemonía de los países germánicos. La campaña de 1870, la más decisiva que existe quizá en los anales históricos, pues pocas veces se ha triunfado de un poderoso enemigo en condiciones tan favorables para el vencedor y tan desastrosas para el vencido, permitió a Bismarck poner el remate a su grande obra, creando el Imperio, mejor dicho, restaurándolo en la persona del Rey de Prusia. Los Estados alemanes confederados bajo el cetro y la espada vencedora de Guillermo I, constituyeron la potencia más grande y poderosa de los tiempos modernos, árbitra de la paz o la guerra.

El Canciller desplegó en la creación del Imperio dotes de político asombroso, de diplomático habilíimo, y aun de militar. Guillermo I le consideraba como el cerebro del Imperio. Bismarck completó su obra, fomentando la iniciativa colonial, dando elementos a la industria y el comercio para que se desarrollaran en las proporciones gigantescas en que actualmente se hallan, y por fin, para sostener la primacía de su país en Europa y asegurarse poderosos auxiliares, negoció y obtuvo la Triple alianza, con la cual Austria e Italia se hallan ligadas a la política y a los intereses germánicos.

En el gobierno interior, los procedimientos de Bismarck han sido siempre duros, autoritarios. Su carácter inflexible no sabe ceder, y está acostumbrado a que cedan los demás. A su lado no podían nacer ni desarrollarse caracteres enérgicos, porque su propia colosal energía trocaba en debilidades las energías ajenas.

Ministro de tres soberanos, su situación ante los tres no ha sido la misma. Guillermo I, que veía en

Bismarck un hombre de dotes sobrenaturales, le daba carta blanca para todo. El Emperador era el brazo, y el Canciller era la inteligencia. Jamás hubo disentimiento entre los dos, porque el consejo del Ministro tenía completamente absorbida la voluntad del Monarca.

El breve reinado de Federico III, de aquel inteligente y simpático Emperador mártir, no fué completamente favorable a la prepotencia de Bismarck. Aquel ilustre Príncipe deseaba reformar la política prusiana en sentido favorable a las ideas liberales, dar más latitud al derecho parlamentario, y preparar al Imperio para un régimen semejante al inglés. La dolorosa enfermedad de Federico, no permitió que se hiciera pública la radical desavenencia entre el Soberano y su Canciller; pero esta desavenencia existía. Cuéntase que la Emperatriz Victoria fué siempre encarnizada enemiga de Bismarck, el cual abominaba de la influencia inglesa en los consejos del desgraciado Emperador. Mientras éste vivió, la opinión señalaba al entonces Kromprinz, hoy Emperador, Guillermo II, como partidario ardiente del Canciller, y tan enemigo como éste de la influencia inglesa. De tal modo se acentuó esta creencia, que han corrido por la Prensa europea diferentes anécdotas en que se ponen de manifiesto profundas antipatías entre Guillermo y su cuñado el Príncipe de Gales.

III

A pesar de que a Guillermo se le conceptuaba tan afecto al Canciller como su abuelo, Bismarck, hombre de gran penetración y muy ducho en el conocimiento de los caracteres humanos, no debía tenerlas todas consigo respecto a la constancia del que habría de ser su amo, y hablando de él y de su impetuosa índole, dijo: «Este será su propio canciller.» La profecía se ha cumplido en daño del mismo que la formuló, y he aquí a Guillermo disponiéndose a regir el Imperio por su propia iniciativa.

La desavenencia entre el Emperador y el Príncipe de Bismarck debe ser honda y abraza diferentes puntos. Lo que parece haber sido causa inmediata de la ruptura es que el Emperador tenia camarilla, a saber, consejeros no responsables, a cuyas sugestiones obedecía para dictar providencias, cuya responsabilidad no ha querido asumir el primer ministro. Entre estas iniciativas figuran los famosos rescriptos, que a Bismarck debieron saberle muy mal.

Los personajes de la corte más señalados, entre ese consejillo irresposable y oficioso que parece influir- sobre el ánimo de Guillermo, son el doctor Hinzpeter y el general Walderzee, personas ambas de notorio talento y agudeza.

Las mujeres de ambos son celebradas por su belleza y por su influencia en la corte, aunque no hay motivo para sospechar que en la conducta del Emperador hayan tenido parte alguna, como se ha dicho, los móviles galantes.

La persona que desde el principio se indicó para sustituir a Bismarck en el cargo de Canciller del Imperio es el general von Capriví, que ha sido ministro de Hacienda, hombre de talento organizador y de vastos conocimientos científicos, pero que no tendrá de seguro en el terreno político y diplomático iniciativas de ninguna clase. Será no más que un secretario de S. M. I. y R., el cual cumple la famosa profecía, erigiéndose en su propio canciller.

El canciller cesante envió su dimisión en un largo escrito de veinte pliegos. La Gaceta de Colonia, órgano autorizado de Bismarck, no deja duda acerca de los motivos en que éste funda su dimisión. «No queremos incurrir en la hipocresia—dice—de afirmar que el Príncipe ha dimitido por razones de salud o porque se encontrara en frente de una mayoría hostil en el Reichstag. Este último hecho, aunque pesando algo en su ánimo, en modo alguno figura en primer término entre los motivos de su resolución, en los cuales, además, no hay nada personal, baladí o pequeño.

La verdad es que como jefe responsable de un Gobierno, el canciller no podía tolerar la existencia de consejeros no oficiales al lado del Emperador ni asumir la responsabilidad de actos que en realidad eran inspirados por tales consejeros.»

los últimos despachos parecen acentuar el carácter grave de la ruptura, no obstante las naturales expresiones de conmiseración y afecto empleadas por el Emperador al despedirse de su ministro. Que el estado de ánimo de Bismarck es de irritación lo prueba el hecho de no querer aceptar el ducado de Lauemburgo con que el soberano se empeña en obsequiarle. Hay que considerar qpe este ducado no es vano título, sino que implica la soberanía efectiva de un territorio que el mismo canciller agregó al Imperio no hace muchos años. Y el enfado del Príncipe se revela también en que todos los individuos de su familia que desempeñaban cargos políticos o diplomáticos los han dimitido. El conde Herbert de Bismarck se niega a recibir de Guillermo II ninguna gracia, y su hermano político renuncia también las mercedes imperiales.

No queda, pues, duda de que el soberano y su ministro universal han reñido, quizás para siempre.

Dícese que Bismarck piensa apoyarse ahora en el partido católico para hacer vigorosa oposición al nuevo canciller, y si esto resultara cierto, las complicaciones no se harían esperar. Por de pronto, Italia teme que no sea Bismarck, sino el mismo Emperador, quien procure la unión con el partido católico para poder gobernar, y en este caso reverdecerían las esperanzas de los partidarios del Papa- Rey. De aquí la situación crítica en que se encuentra Crispí, vivamente combatido en el Parlamento italiano y amenazado de que su obra predilecta, que es la alianza con Alemania, se destruya de la noche a la mañana. De modo que aunque haya dicho Guillermo II que la política exterior no sufriría alteración alguna con el cambio de Canciller, podría suceder que los hechos le desmintieran y que las relaciones internacionales de Alemania se subordinaran a las exigencias de la política interior, lo que no ha sucedido hasta aquí.

Los que conocen algo las interioridades de Frederichsruhe y de Varzin, donde Bismarck reside habitualmente, aseguran que la vida del grande hombre de Estado es extraordinariamente sencilla. Vive como el último de los burgueses, gustando la paz doméstica, rodeado de su familia, rara vez visitado de los amigos más íntimos. Su trato es afable: emplea gran parte del día en pasear por los extensos campos que rodean su vivienda, y dedica bastante tiempo a dirigir las operaciones agrícolas e industriales en el vasto patrimonio que le regaló su soberano y amigo el emperador Guillermo I.

Fuera de los ataques de reuma articular de que padece, la salud del Príncipe es buena. Su vigorosa naturaleza resiste al peso de los setenta y cinco años, edad que no parece muy avanzada en un país y en una raza donde son tan comunes los casos de longevidad. Con sus quince lustros, Bismarck es casi un pollo si se lo compara con Moltke, que ya cumplió los noventa años, y aun trabaja y tiene salud y vigor. El Príncipe no hace más que una comida fuerte, comida de familia, nada sobria por cierto, reforzada con vinos exquisitos y amenizada por el ingenio chispeante del que ha sido árbitro de los destinos de Europa. En la comida, como en todos los momentos de la vida familiar e íntima, Bismarck es agradable, dicharachero, y nada indica en él la férrea voluntad que esclavizó a los que sirven a sus órdenes. Pero en cuanto se pone a despachar los asuntos de Estado, recobra el Canciller su dureza, trata a los Ministros con altanería y hace sentir a cada instante el peso de su mano formidable. Su maravilloso talento se ha desplegado cual ninguno en las relaciones internacionales y en la alta política. En la política menuda de aplicación inmediata al régimen interior de los pueblos, se ha echado siempre de menos en Bismarck la tolerancia, la facultad de ajustarse a la realidad y el transigir con ciertas exigencias razonables del espíritu público. En los tiempos que corren, y aun contando con la mansedumbre de un país tan respetuoso para la institución monárquica y tan amante de la dinastía, no se puede tirar mucho de la cuerda sin exponerse a que la cuerda se rompa. Esto le ha pasado al grande hombre de Alemania: que la cuerda se ha roto, quedándosele un cabo en la mano. Ha dirigido la política internacional con maestría incomparable; pero en la interior el éxito es muy dudoso, y aquel país, tan sumiso y tan bien organizado para los servicios de la autoridad, se ha cansado de ser rebaño y aspira sin duda a que lo gobiernen de otra manera.

Como el éxito es quien definitivamente glorifica o condena en achaques de gobierno, falta saber si el Emperador saldrá adelante sin andadores o se quedará en el atolladero. Que quiere trabajar por su cuenta no tiene duda; que es hombre de iniciativa bien probado está. Ahora falta que los hechos justifiquen el acto gravísimo de haber prescindido de la tutela que el Príncipe de Bismarck venia ejerciendo hace treinta años sobre los soberanos de Hohenzollern

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