[Artículo] El suicidio de Pigott, de Benito Pérez Galdós

Madrid, 6 de marzo de 1889.

I

Contaré hoy un suceso acaecido aquí y que se relaciona con uno de los asuntos de política extranjera que más interesan en Europa.

Hace pocos días llegó a Madrid un inglés y se alojó en uno de los más céntricos hoteles de esta capital, en cuya lista de viajeros se suscribió con el nombre de Ponsouby. No traía más equipaje que una maleta de mano. Era alto, como de sesenta años, con barba blanca y larga, y usaba monóculo. Los dos primeros días se ocupó, en compañía de un intérprete, en visitar los Museos y principales curiosidades de esta corte. Al tercer día, hallábase el tal en su cuarto, cuando le anunciaron que preguntaba por él un delegado de Policía. Antes que éste tuviera tiempo de presentarle la orden de prisión que llevaba, el llamado Ponsouby se metió en la boca el cañón de un revólver y se levantó la tapa de los sesos.

Esto ocurría en las primeras horas de la noche del 28 de febrero. Al día siguiente corría por Madrid la noticia de que el suicida del Hotel de Embajadores era Pigott.

¿Pero quién es Pigott?—dirán mis lectores—. Imposible de que dejen de tener noticias de la gravísima cuestión surgida en Inglaterra entre el jefe del partido irlandés Parnell y el periódico el Times.

El proceso que con motivo de esta cuestión se entabló no hace mucho, ha sido de los más ruidosos, y la acción de Parnell contra el Times se fundaba en la publicación por este periódico de varias cartas del primero en las cuales aparecía cómplice del crimen de Rhenix-Park, perpetrado hace años. Las tales cartas habían sido presentadas al célebre diario de la City por un tal Pigott. El defensor de Parnell, sir Charles Russell, en un interrogatorio que es una obra maestra de habilidad forense, hizo ver desde luego que el tal Pigott era un aventurero, que de periodista feniano que fué en 1867, se había hecho agente secreto del Gobierno, y que mientras pedía dinero inoportunamente al ministro de Irlanda, trataba de explotar a la Liga Nacional.

II

Las faltas de ortografía de que estaban plagadas las cartas hacían creer que éstas no eran auténticas. Parnell escribe muy correctamente. La falsedad apareció con toda evidencia cuando, en la primera declaración de Pigott, sir Charles Russell le hizo escribir al dictado algunas palabras en que el testigo hubo de cometer las mismas faltas que en las car¬tas, publicadas por el Times, se advertían.

Probada al fin la falsedad, la condenación del falsificador era inevitable, y el periódico que dió acogida al fraude sufría grandísimo quebranto. El mismo Times lo declara con amargura en esta frase: «Si Mr. Parnell resultara inocente y las cartas que le atribuimos, y cuyo facsímil hemos publicado, no fueran suyas, toda la responsabilidad caería sobre nosotros. Después de cien años de existencia honrosa no nos quedará otro camino que desaparecer.»

La respetabilidad tradicional del periódico londinense ha perdido mucho, y sus perjuicios pecuniarios son de gran consideración. Este año no ha podido distribuir dividendo entre sus accionistas. Los gastos del proceso ascienden a tres millones de pesetas, sin contar la indemnización que Parnell ha de reclamar ante los Tribunales ordinarios.

Pero lo más extraño de todo es que antes de la terminación del proceso desaparece Pigott de Londres. Su fuga viene a confirmar más y más su culpabilidad, no dejando duda alguna acerca de ella. Todas las pesquisas de la policía inglesa son inútiles para descubrir el paradero del impostor. Se habían tomado minuciosas precauciones para impedir la fuga: dos agentes de policía le vigilaban constantemente, y uno de ellos, disfrazado, vivía en su mismo hotel. Es realmente un misterio que desapareciera de Londres y de Inglaterra sin dejar rastro alguno de sí. Después se ha sabido que estuvo un día en París. Presentóse en el «Hotel des Deux Mondes». Después de almorzar, salió de la fonda y no se le ha vuelto a ver allí. Esto ocurría el martes de la semana pasada. El jueves aparece Pigott en Madrid, va al Hotel de Embajadores, y lo demás ya lo he contado.

La identificación del cadáver no está hecha aún de una manera evidente; pero hay indicios que hasta cierto punto suplen la evidencia.

Sobre el cadáver del suicida el juez encontró dos documentos que arrojan bastante luz. Uno de estos papeles es una carta dirigida al diputado radical inglés Mr. Labouchere, amigo íntimo de Parnell, y dice así:

«El primer paquete de cartas que vendí al Times se componía todo de documentos auténticos; pero en el segundo incluí algunas cartas falsas. Entre éstas últimas había dos de Mr. Parnell, una de Davitt, otra de Kelly y otra de Patrich Egan. Lamento de la manera más profunda el mal que he hecho, y con toda mi alma deseo repararlo. Para ello estoy dispuesto a emplear cuantos medios se hallen a mi alcance, y me someto a las instrucciones que usted me dé. La mayor parte de lo que he declarado ante el Tribunal es falso; pero lo que he afirmado bajo juramento y por escrito es cierto.»

Firma Richard Pigott.

El otro papel hallado sobre el muerto, y que de-muestra su personalidad, es una licencia para usar armas, expedida en Dublín. Parece que no hay duda acerca de la personalidad; mas para reconocerla y probarla legalmente, aguárdase la llegada de un funcionario de la policía inglesa y las fotografías del muerto, que deben llegar hoy. Entretanto no se le dará sepultura. Hállase en el Depósito judicial de cadáveres, y ha ido mucha gente a ver las heladas facciones del desgraciado hombre cuyas imposturas han conmovido profundamente, durante tanto tiempo, la opinión pública de Inglaterra y de toda Europa.

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