[Artículo] Serrano, de Benito Pérez Galdós

Madrid, 3 de diciembre de 1883.

I

Serrano ha muerto en edad avanzada. Por la participación que ha tenido en todos los hechos culminantes ocurridos aquí, de cincuenta años a esta parte, por los elevados puestos que ha ocupado, puede decirse de él que su persona simboliza la historia contemporánea. Como militar y como político, su figura es de las que destacan en primer término. Desde el año 40 hasta muy poco antes de su muerte, su influencia en los asuntos públicos ha sido muy grande, y no es fácil para todos emitir un juicio acerca de su conducta, sin que la parcialidad o la pasión lo bastardeen. Veremos si consigo hacerlo yo sin incurrir en injusticia ni pecar de lisonjero.

Nació don Francisco Serrano en la Isla de León el 17 de octubre de 1810, y dedicado desde muy temprana edad a la carrera de las armas, estudió en el Colegio militar de Vergara. A los doce años era ya cadete en el regimiento de Sagunto, y su carrera se inició sufriendo persecuciones de los absolutistas por sus ideas liberales.

Del 23 al 28 permaneció con licencia, mas vuelto al servicio activo en el Cuerpo de Carabineros, prestó servicios importantes, dando pruebas de aquella bizarría temeraria, que es el rasgo principal de su carácter. El año 33 se encontraba en Madrid, y era portaestandarte del Real Cuerpo de Coraceros, y el 34, iniciada ya la tremenda guerra de los siete años, se incorporó al ejército del Norte, y fué nombrado ayudante del célebre general Mina. Sería interminable detallar todos los brillantes hechos de armas del general Serrano durante aquella sangrienta guerra entre los liberales, bajo la enseña de Isabel II, y los absolutistas, bajo el estandarte clerical del infante don Carlos. Distinguióse Serrano en las batallas de Elzaburu y Meseta. El 36 pasó al ejército de Cataluña, tomando parte activa en la acción de Molina de Aragón, y contribuyendo a reprimir el pronunciamiento del valle del Roncal.

En la acción de Arcos de la Cantera fué el primero que cargó contra las posiciones enemigas, y en la de Villar de Camps sostuvo, con solo su escuadrón, la retirada de todo el ejército. En la batalla de

Castelserás, siendo capitán, cargó a los enemigos, que tenían fuerzas más que dobles, arrollándoles de tal modo, que quedaron deshechos, dejando en poder de las tropas de la Reina 140 prisioneros.

Ascendido a teniente coronel, pasó al Maestrazgo, mandando el regimiento de Vitoria, y en las in-mediaciones de Moreda, cargó atrevidamente al enemigo y destrozó las facciones de Forcadell, Rufo y Vizcarro. En Mas del Rey, sus proezas igualaron a las precedentes, y en el sitio de Moreda acuchilló al enemigo y le detuvo en su marcha ofensiva, recibiendo por este hecho de armas la efectividad de coronel. En la batalla de Caserras, cargó, al frente de 40 caballos, contra 600 infantes y 30 caballos enemigos, poniéndolos en fuga, después de dejar sobre el campo 80 muertos. En esta batalla concluyó Serrano por batirse cuerpo a cuerpo con el cabecilla Capdevila de Frigés, a quien dió muerte. Llenaría toda esta crónica con la relación de hechos heroicos que contiene la hoja de servicios del general Serrano en la primera guerra civil. A la conclusión de ella era ya mariscal de campo, a los treinta años de edad. A su muerte era el capitán general más antiguo, pues su Real despacho data de 1856.

Posteriormente, sus rasgos de valor heroico son aún más notorios. El arrojo con que penetró en el cuartel de San Gil, en 1866, cuando la sublevación de los artilleros, es una de las páginas más brillantes de su vida. Su batalla de Alcolea, en 1868, donde venció a las tropas de la Reina Isabel, mandadas por Novaliches, le acredita como general, y, por fin, la campaña del Norte en la segunda guerra civil, durante los formidables ataques de San Pedro Abanto y el sitio de Bilbao, coronó dignamente su gloriosa carrera.

II

La vida política del general Serrano es tan larga de contar como su vida de soldado. En ella abundan las peripecias y los incidentes curiosos. En 1840 fué elegido diputado a Cortes y se afilió al partido progresista. En 184c, cuando la sublevación de los generales León, Concha, Dorso y Montes de Oca contra el Regente Espartero, Serrano, desde Málaga, donde se hallaba, vino a Madrid y se puso a las órdenes del duque de la Victoria, para sofocar la sedición, y le encargaron el mando de una división del ejército del Norte.

Dos años después de aquel movimiento, que fué sofocado con la sangre de los infortunados León, Dorso di Carminad y Montes de Oca, verificóse la coalición contra Espartero. Los moderados y los progresistas descontentos se unieron para derribarle. En esta conjuración desempeñó Serrano uno de los más importantes papeles. La junta revolucionaria le nombró ministro universal. Al día siguiente de ser investido con tan elevado cargo, dió un manifiesto al país en que censuraba duramente al vencido Espartero; le destituía de la Regencia y relevaba a todos los empleados del reino de la obediencia que le debían.

En aquel caso se vió más claramente que nunca la candidez de nuestros liberales, pues se dejaron coger en la red que le tendían los retrógrados, llamados «moderados» no sé por qué, y una vez conseguido el objeto de derribar a Espartero, los pobres progresistas, infelices instrumentos de esta maniobra, fueron echados a puntapiés por sus amigos de un día. Lección terrible que en lo sucesivo no han sabido aprovechar los liberales, pues todavía en la hora presente no han aprendido a sofocar el deplorable instinto de división que les pierde en todas las ocasiones.

Triunfante la coalición y expulsado Espartero del suelo patrio, se formó el Ministerio López, en el que desempeñó Serrano la cartera de Guerra. El mismo cargo tuvo con el Ministerio Olózaga. Su influencia en aquel Gabinete fué grande; pero antes de la exoneración de Olózaga, en 1843, éste y Serrano se habían indispuesto, cumpliendo la eterna ley de las disidencias que preside a la existencia de los liberales españoles en todo tiempo.

Como dije antes, los moderados, después que utilizaron a los liberales para derribar a Espartero, no pensaron más que deshacerse de éstos, y lo consiguieron de una manera ruidosa. Arrojados de todas partes, los liberales pagaron bien cara su falta, pues no volvieron a subir al Poder hasta 1854, y para esto necesitaron hacer una revolución en toda regla.

Serrano, durante la larga y pesada dominación moderada, se retrajo de la política y vivió algún tiempo en el Extranjero. De vuelta a España preparó con O’Donnell el movimiento de 1854, que debía llevar a los progresistas al Poder y a los Consejos de la Corona al mismo general Espartero, expulsado por la coalición. Durante el bienio que con este nombre se conocen aquí los dos años de dominación progresista, período abierto con una insurrección militar y cerrado con otra, Serrano desempeñó la Dirección de Artillería. Pero después se le nombró capitán general de Cuba, habiendo desplegado en cargo tan difícil dotes de prudencia y energía. Durante su mando en América se realizó la anexión de Santo Domingo, y se inició una hábil política de concordia entre cubanos y peninsulares. Como recompensa a los servicios del general Serrano en esta época, le dió la reina el título de duque de la Torre y la grandeza de España.

III

Los tiempos aceleran su marcha, y ya nos encontramos en 1868, época culminante en la historia del general Serrano; nos encontramos en presencia del hecho más grave que España ha escrito en los anales del siglo XIX: el destronamiento de doña Isabel II.

El desatentado Gobierno de González Brabo cometió tantas y tan graves faltas que bien puede decirse que él fué el verdadero impulsor de la revolución y el asesino de la dinastía. Una exposición firmada por diferentes personas pidiendo a la Reina la reunión de Cortes fué la tea arrojada sobre el montón de combustibles reunidos ante el trono por las equivocaciones de la Reina y las torpezas de sus ministros. Los firmantes de la exposición, que eran los más ilustres individuos de la política española, fueron desterrados. Entretanto, Prim conspiraba desde el Extranjero. Comenzaron las inteligencias entre los desterrados de Canarias y los emigrados por persecuciones anteriores, hasta que a fin de septiembre de 1868 se reunieron los principales caudillos de la revolución en la bahía de Cádiz, y allí, con la cooperación de Topete, se gritó: ¡Abajo los Borbones!, y la secular y respetada dinastía cayó desquiciada. La batalla de Alcolea, en la cual Serrano deshizo el único ejército que salió a la defensa de la legalidad sin prestigio, puso fin a la jornada, y la revolución quedó triunfante en toda la línea.

Aún están frescos en la memoria de todos los sucesos de aquellos días en que Serrano compartió con don Juan Prim la popularidad más grande de que han gozado hombres políticos en España. Nombrado presidente del Gobierno provisional y más tarde regente del Reino, Serrano supo mantenerse con dignidad en puesto tan difícil. Su conducta en aquel período le enaltece mucho, y hubiera sido conveniente para su nombre y su memoria el apartarse de la política después de la Regencia para no incurrir en las faltas cometidas posteriormente.

Durante el breve reinado de don Amadeo de Saboya, se halló de nuevo Serrano al frente de los negocios públicos. Pero en el año de la República, 1873, tuvo que emigrar. El golpe de Estado de enero del 74 le colocó de nuevo a la cabeza de la nación como Presidente del Poder Ejecutivo. En este año se puso al frente del ejército del Norte, señalándose como valiente caudillo en las acciones de guerra antes mencionadas.

El hecho de Sagunto, o sea la elevación de don Alfonso XII al trono de sus mayores, apartó otra vez de la política al general Serrano. Pero no tardó en reconocer el nuevo orden de cosas, acatando a don Alfonso y figurando como jefe del partido constitucional, aunque su actitud fué un tanto nebulosa hasta que el Rey llamó al Poder al partido liberal, presidido por el señor Sagasta. Serrano apoyó al primer Gabinete de la Restauración; pero no habían cumplido dos años del advenimiento de éste cuando el afamado caudillo inició la división del partido. No podía dejarse de cumplir el fatal destino de los liberales españoles, pues está escrito que no vivan en paz cuando les toque mandar. El general Serrano levantó la bandera de discordia, alentado por el señor Cánovas, a quien convenía extraordinariamente la desunión de los liberales. Esta página de la historia del general Serrano oscurece algo, ajuicio nuestro, lo mucho que hay de glorioso en la vida del insigne caudillo de Alcolea. Ni se comprende que un hombre que había ocupado puestos tan altos se dejara llevar en la última parte de su vida de los pruritos de ambiciosos, impropios de su gran carácter. ¿A qué podía aspirar el general Serrano destrozando al partido liberal? A formar un partido exclusivamente suyo. Por fin lo consiguió: le dieron la embajada de París. ¡Tanto ruido para nada! El resultado fué el de siempre. A los pocos meses del entronizamiento de la Izquierda, ésta fué arrojada del Poder por los conservadores, a quienes había servido de instrumento, y la gran familia constitucional fué en masa a la oposición a lamentar tardíamente sus errores.

Esta última página de la historia política del general Serrano es la menos lucida, ciertamente. ¡Cuánto habría ganado su nombre con que tal página no se hubiera escrito nunca!

Las dotes personales del caudillo de Alcolea explican perfectamente los éxitos que en diferentes terrenos alcanzó en todas las épocas de su vida. Hombre de gran corazón y de arrogante y simpática figura, tenía todo lo que se necesita para representar los primeros papeles en la escena del mundo. No puede hallarse figura más apropiada al teatro en que había de actuar. Lanzado a las corrientes sociales durante la guerra civil más cruel que han visto los tiempos» supo ser soldado y dar ejemplos del valor temerario que tantas simpatías produce entre españoles. En cuanto a las lides políticas, bien sabido es que éstas, en todo el periodo que terminó con la revolución del 68, no se abrían en los palenques de la inteligencia. El don de gentes, el arte de agradar, la jovialidad unida con la malicia y cierta generosidad con los enemigos vencidos, han sido aquí los elementos principales de las contiendas políticas. Del 68 acá una juventud estudiosa ha llevado a la política nueva savia, y las dotes del entendimiento tienen más parte que antes en lo que se llama el juego de los partidos.

El general Serrano poseía todo lo que se necesitaba para brillar en los tiempos en que brilló, un carácter campechano y jovial, sencillez de costumbres que le ponían en condiciones de alternar con todo el mundo y pasar el brazo por encima del hombro a las personas de clase humilde, la facultad de adaptarse a todo y poder ser soldado y cortesano, según los casos, un conocimiento instintivo de las flaquezas y virtudes del carácter español para sacar partido de ellos, y, por fin, grandes atractivos personales. Su lenguaje era franco, con estudio, a veces excesivamente llano. Si se exceptúa de sus actos el realizado para dividir al partido liberal y formar el grupo llamado Izquierda, parece que todos ellos fueron inspirados por el sincero deseo de servir al país. Le sirvió como político y como militar en diferentes ocasiones. No puede decirse lo mismo de la formación de la izquierda, que tantas perturbaciones ha traído. Pero de la actitud del general Serrano en los últimos meses de su vida se colige que estaba arrepentido de su propia obra y que anhelaba sinceramente reconciliarse con sus antiguos amigos. No era nada rencoroso; olvidaba pronto los agravios. A estos arranques de magnanimidad debió parte de sus éxitos y el prestigio de que gozó.

IV

Tenía Serrano todas las condecoraciones de Europa, como que había sido jefe del Estado en nuestro país. Además del Toisón de Oro, la más preciada de las insignias, tenía la Gran Cruz de la Legión de Honor y todos los Collares y Cintas que marcan las jerarquías más altas en las distintas naciones de Europa. Como testimonio de sus eminentes servicios militares, tenía las Grandes Cruces de San Femando, San Hermenegildo y Mérito Militar roja y blanca y además dos veces la primera de San Fernando.

Al ver desaparecer de entre los vivos al general Serrano, la mente no puede apartarse de los gloriosos nombres que ilustraron la revolución de septiembre.

¡Poco a poco van bajando al sepulcro los hombres insignes que los llevaron! Las tres personalidades que simbolizan aquel movimiento, Serrano, Prim y Topete, no existen ya. También fenecieron los auxiliares más eficaces, Ayala, el ilustre poeta, Rivero, el más grande de los demócratas, y Olózaga, el primer antidinástico. De los oradores y políticos insignes de la Asamblea Constituyente de 1869 han desaparecido, además de los citados, Figueras, Orense, Romero Ortiz, Madoz, Posada Herrera, Lorenzana y algunos menos afamados. De los nueve individuos que compusieron el Gobierno provisional no quedan más que Sagasta, actual presidente del Consejo de Ministros, Figuerola y Ruiz Zorrilla, jefe hoy de los republicanos exaltados, que se empeña en fundar la República con las sediciones militares.

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