[Artículo] Funerales de un rey, de Benito Pérez Galdós

Madrid, 19 de diciembre de 1885.

I

Los días que han seguido a la sentida muerte del Rey Don Alfonso han sido de paz profunda. Temíase que los funerales del malogrado Rey fueran sangrientos; pero estos temores, afortunadamente, han resultado vanos.

Fundábanse en una apreciación falsa de los sentimientos del país. Las personas que se apasionan por la política y se lanzan a sus candentes luchas, movidas de la pasión o del interés, concluyen por vivir en un mundo completamente imaginario. Se forjan un país a su manera, y llegan a creer que la nación participa do sus locas vehemencias. Ahora se ha visto bien claro que hay una opinión artificial y otra verdadera. Los partidos extremos, que tanta bulla metían antes de la muerte del Rey, han quedado bruscamente reducidos a vivir en una atmósfera de frialdad. En vano tratan ellos de entibiarla con alharacas que no pasan del papel. El país no responde, muéstrase indiferente a las promesas y demuestra un sentido claro para apreciar los beneficios de la legalidad. Es que hemos aprendido mucho en los últimos quince años; conocemos prácticamente cuán infecundos son los cambios en la forma de gobierno; hemos escarmentado en cabeza propia y desconfiamos de las panaceas, lo mismo en medicina que en política.

Los funerales del Rey difunto, celebrados por el Estado en San Francisco el Grande han sido solemnísimos. La asistencia de los Príncipes y Embajadores extraordinarios, así como la de los Prelados españoles, dieron a esta grandiosa ceremonia un realce extraordinario y una significación singular. Los primeros eran la manifestación visible de las simpatías que en toda Europa ha despertado el orden de cosas creado en España; los segundos llevaban al acto la representación del clero español. La importancia de esto es extraordinaria. El mismo Nuncio de Su Santidad hizo saber particularmente a cada uno de los Obispos españoles que «Su Santidad vería con gusto su asistencia a los funerales de Alfonso XII». Treinta y ocho vinieron a Madrid con este motivo, y los demás, detenidos en sus diócesis por enfermedad, manifestaron por escrito su adhesión a las instituciones. El mismo León XIII, celebrando solemnes exequias por Don Alfonso en la capilla Sixtina, aparece autorizando y como presidiendo esta demostración anticarlista del clero español.

Los vientos de Roma, son, pues, contrarios al famoso pretendiente y a sus planes guerreros. Sábese por diferentes conductos que el Papa lo ha dicho categóricamente así a los partidarios que en su corte tiene don Carlos. Esto, unido a que la causa absolutista halla cada día menos entusiastas en las provincias de donde otras veces ha sacado su principal fuerza, nos hace esperar que el peligro está conjurado, al menos en los tiempos actuales.

II

Volviendo al funeral, creo oportuno dar cuente de acto tan grandioso. Esta generación no verá, de seguro, otro semejante. El templo en que se celebró es el que perteneció a los franciscanos. Su arquitectura es una imitación del panteón de Agripa. Consta de una gran rotonda dominada por gigantesca cúpula. El altar y el coro rompen la uniformidad de la disposición circular. Es el templo más capaz de Madrid. Hace algunos años que el Estado viene gastando sumas considerables en restaurarlo y decorarlo para que la capital de España no carezca de un buen monumento religioso. El arte de la pintura, tan floreciente aquí, ha sido el encargado de dar a San Francisco el Grande un valor de que arquitectónicamente carece. Un gran edificio no se improvisa; pero una construcción mediana puede embellecerse con el concurso de la pintura y la escultura. Se ha hecho, pues, de San Francisco, un Museo. Todo el interior está pintado al óleo por artistas eminentes. La gran cúpula, el altar mayor y el coro ofrecen trozos de pintura notabilísimos. El aspecto general resulta un poco pagano; domina el brillante colorido; no hay severidad, ni ese misterio religioso que envuelve las imponentes Catedrales de la Edad Media. Al penetrar en el templo, poblado de gallardas figuras de santos, sibilas y profetas, de grupos de ángeles y de celajes brillantísimos, el espíritu se siente poseído de inexplicable alegría. Hay allí algo de teatral, algo como una atmósfera de termas romanas.

La superficie pintada es colosal, y no todos los trozos son de mérito igual. Hay partes que son verdaderamente admirables; otras dejan algo que desear. En el conjunto resulta poca unidad. Se conoce, además, con sólo echar la vista sobre tantas pinturas, que los artistas no han procedido libremente, que se les ha sometido a un plan vicioso, que la distribución de los trabajos no ha sido acertada. Hay fragmentos en que la composición es de uno y la ejecución de otro. Pero con todos estos defectos y aun algunos más, la decoración de esta iglesia es muy notable y honra al arte moderno. Para completarla se han empleado todos los medios artísticos que siempre han estado al servicio de la expresión religiosa. Colosales estatuas de mármol ocupan el lugar que en las iglesias comunes corresponde a las imágenes de talla. Magníficos candelabros y lámparas de bronce servían para la iluminación del templo. Las puertas de labrado nogal renuevan las tradiciones de la carpintería española del siglo XVI. La sillería del coro es tan buena como las de Berruguete; los órganos son de los mejores que se fabrican en Europa. Se ha querido, en fin, que los materiales empleados en hermosear este templo sean de lo más rico y suntuoso. Allí no hay más piedra que el mármol, ni más madera que el nogal, ni más metal que el bronce.

Las obras no estaban aún concluidas cuando se determinó que se celebraran aquí las solemnes honras por el monarca difunto. Faltaba la pintura de las capillas, y no siendo posible rematarlas en breve tiempo, fueron tapiadas por luengos cortinados negros. En la gran rotonda, bajo la linterna de la cúpula, se puso el catafalco, tan sencillo como airoso, consistente en un túmulo bajo, cubierto con riquísimo paño negro, bordado de plata y oro, y que data de los tiempos de Felipe II. Encima de éste se colocaron las insignias de la Monarquía y los mantos de las Ordenes militares y del Toisón de oro. Alrededor, millares de candelabros con luces daban a este conjunto fúnebre un brillo sin igual.

En los espacios colaterales del altar-mayor se dispusieron dos grandes tarimas, una para los Obispos y otra para los Príncipes y enviados extranjeros. Era un espectáculo difícil de describir el que

ofrecía la variedad de uniformes, todos los uniformes europeos, los trajes rojos de los Cardenales y las vestimentas lujosas de los Prelados. Veíase allí la levita blanca y el casco de plumas del feldmariscal de Alemania, al lado de los balandranes de seda de los enviados del Celeste Imperio. El hábito blanco, dominico, del padre Ceferino, Arzobispo de Toledo, contrastaba con la rica sotana purpúrea de otros Príncipes de la Iglesia. El embajador ruso tenía un extraño traje de la guardia imperial cosaca; el turco aparecía con un gorro tártaro; el inglés tenía el uniforme de los guardias a caballo, con la inmensa gorra de pelo, y en todos los demás, las plumas de diferentes colores, las placas, las bandas de esta y de la otra orden ofrecían mágico y pintoresco conjunto.

Personajes ilustres representaban a los distintos países de Europa: Alemania envió al Principe de Hohenlohe; Austria, a los Archiduques Eugenio y Federico; Portugal, al Infante D. Augusto, hermano del Rey; Inglaterra, al duque de Wellington, sobrino del vencedor de Arapiles, Talavera y Waterloo; Francia, al general Pittié; Italia, al general Garavaglia. Por Venezuela estaba el célebre Guzmán Blanco; por la República Argentina, el Sr. Domínguez, y por todas las demás Repúblicas y Estados de América y Europa, hombres notables y de alta significación.

En el círculo que forma la rotonda, y adosadas al hueco de las capillas, se colocaron tribunas, donde tenían colocación todos los Cuerpos del Estado, los Tribunales de Justicia, los oficiales generales, la grandeza de España, la Administración, la servidumbre de Palacio, etc. El terreno estaba distribuido de modo que hubiese sitio para todos, y lo hubo al fin; pero tan exacto que no sobraba nada para los curiosos. Para éstos no podía resultar sino un espacio muy reducido. Para cada papeleta había centenares de postulantes. Las apreturas y estrujones fueron grandes, como no podía menos de suceder; mas hubo la suficiente previsión de las autoridades para impedir los desórdenes, que son cosa corriente en casos tales.

Pero la parte más atractiva de las exequias no fué el lujo del templo, ni la muchedumbre de personajes civiles, militares y eclesiásticos, ni el lujoso aparato del culto, sino la música. Encargado de la dirección de ella el maestro Barbieri, que a más de gran compositor es el primero de nuestros arqueólogos musicales, desempeñó su cometido de un modo admirable. Organizó un coro de ciento cuarenta voces, una orquesta de cien instrumentos, y sobre este conjunto sorprendente debía descollar la incomparable voz de Gayarre. Casi toda la música era de los maestros españoles de los siglos XVI y XVII, solemnes trozos de canto llano, otros de coros con orquesta. Gayarre cantó solo el Taedet animan. ¡Efecto maravilloso, arte divino! Los nacidos no volverán a oír nada comparable a la música de estas históricas exequias.

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