[Artículo] Topete, de Benito Pérez Galdós

Madrid, 3 de noviembre de 1885.

I

Don Juan Topete fué una de las figuras más visibles de nuestra revolución política del 68.

No era Topete muy viejo; más desde hace algunos años veíase abrumado de achaques. Su vida había sido muy activa, gran parte de ella empleada en rudos trabajos de guerra y de mar. Valiente hasta la temeridad, tenía en su hoja de servicios multitud de hechos gloriosísimos. Como personaje político era también muy interesante. En la vida privada ofrecía los mejores ejemplos de virtudes domésticas y de sencillez y pureza de costumbres. Sus arranques de generosidad no podían compararse sino con las vehemencias ardiantes de su valor indomable. Su temperamento de héroe tenía sinceridades pueriles, esa sencillez del marinero, largo tiempo alejado de tierra, y sin más sociedad que la de los elementos. Difícil es que se pueda juzgar hoy imparcialmente la participación que tuvo en los acontecimientos políticos que produjeron la caída de Isabel II; pero sí puede decirse que lo que Topete hizo en aquellos días, hízolo arrastrado por la corriente incontrastable de la opinión pública. En su ánimo no influyeron sugestiones de ambición personal ni miras pequeñas. Lanzó el grito de insurrección a impulsos de un sentimiento patriótico y se jugó la cabeza por la causa de la libertad.

Como creo que aquel movimiento, plenamente justificado por los sucesos, fué necesario y nos trajo a la larga inmensos bienes, no tengo reparo en declarar que la insubordinación realizada por Topete fué de las que no solo son absueltas sino aplaudidas por la historia. También Daoíz y Velarde fueron sediciosos, y la patria ha inmortalizado sus nombres.

Fuera de esto, y considerado simplemente como marino, Topete deja un nombre glorioso en los anales de nuestra armada. Nació en Tuztla (Méjico), en mayo de 1821. Empezó a navegar en 1835 embarcándose como marino en la fragata Esperanza y prestando sus primeros servicios en la isla de Cuba. Desde aquella fecha hasta 1860, navegó sin descanso, ora persiguiendo los barcos negreros en el mar de las Antillas, ora tomando parte en la expedición a Italia. Su fama comenzó en la guerra de África en la cual desempeñó el cargo de mayor general de la escuadra, siendo tan eminentes sus servicios, que el ilustre general O’Donnell le distinguió desde entonces con entrañable y firme amistad.

Pero la campaña del Pacífico fué el principal teatro de las hazañas de Topete. Allí realizó hechos de armas verdaderamente fabulosos, al lado del insigne Méndez Núñez y de sus compañeros Alvar-González, Pezuela y Barcáistegui. Mandando la fragata Blanca, salió de Cádiz en julio del 64 y llegó al Callao de Lima en enero del 65.

La serie de proezas realizadas, de peligros vencidos por aquellos ilustres marinos, en medio de increíbles privaciones y a miles de leguas de la madre patria, ocuparían demasiado espacio. La guerra del Pacífico contra Chile y el Perú es considerada como la más impolítica de las guerras por los estadistas españoles contemporáneos. No nos produjo bien alguno, nos enemistó por mucho tiempo con las Repúblicas americanas, hizo odioso el nombre español en aquellas regiones y produjo inmensos males al comercio de la Península. Pero es indudable que las tradiciones gloriosas de nuestra marina militar tuvieron en aquella campaña grandísimo realce, como lo acreditan las historias de aquellos sucesos, sin excluir las escritas por los que entonces eran nuestros enemigos. La fragata Blanca fué uno de los buques que más se distinguieron, a pesar de ser el más viejo, el más pequeño y el peor artillado de la expedición. Desempeñó arriesgados cruceros y servicios de importancia. De los 19 buques apresados por toda la escuadra, 14 lo fueron por la Blanca. En Abtao, en los canales de Chiloe, el valeroso barco mandado por Topete, se lanzó a imposibles aventuras, saliendo siempre airoso por la osadía de su jefe.

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El 2 de mayo de 1865, se verificó el bombardeo del Callao, plaza vigorosamente fortificada, como es sabido, con artillería muy superior a la nuestra, torres blindadas y torpedos de defensa.

A la fragata Blanca se le señalaron 800 tiros, y Topete, al saberlo, dijo que con tal número no tendría ni para empezar. Asignáronle entonces 1.200, que a la mitad de la acción estaban agotados. La Blanca y la Resolución debían batir la torre blindada del Sud llamada de la Merced con dos piezas de 500 libras, y flanqueada además por dos potentes baterías rasantes. El barco de Topete se acercó tanto a tierra, que los chilenos que defendían las baterías, oían claramente la voz de mando del marino español. La Blanca tocó el fondo y estuvo a punto de encallar; pero esta misma peligrosa posición la salvó, porque los proyectiles chilenos, a causa de su elevada trayectoria, pasaban por encima del casco.

La Blanca mandó una granada con tanta suerte al interior de la Torre, que la hizo volar, pereciendo en esta voladura el Ministro de la Guerra del Perú, el coronel de Ingenieros, señor Borda, director de . las fortificaciones y el coronel de artillería Zabala y su hijo, hermano y sobrino, respectivamente, de nuestro ministro de Marina en aquella época, el general Zabala.

Si repitiese las anécdotas que a la vida militar de Topete se refieren y que pintan en brevísimos rasgos su carácter, no me bastaría el espacio de esta crónica. La tripulación de su barco le adoraba. Sabía ser enérgico y familiar según las circunstancias, y a una subordinación perfecta se unía la fraternidad más pura.

Para pintar como amaba Topete a su gente, bastará decir que siendo alférez dé navio a bordo del vapor Congreso, se lanzó al agua para recoger a un hombre, que había caído en ella. Su generosidad se aprobó muchas veces en las presas de buques que hizo durante la campaña del Pacífico. Era hombre que daba cuanto tenía, y al lado suyo no podía haber lástimas ni miserias. Por eso nunca tuvo nada; y a pesar de haber ocupado los puestos más altos de la Nación, siempre vivió en la pobreza, y en la pobreza ha muerto, no dejando a sus hijos más herencia que un nombre tan glorioso como inmaculado.

II

En su vida política, la figura de don Juan Topete no puede ser juzgada de un modo fácil y decisivo; pero cualquiera que sea el juicio que sobre él emitan los apologistas o los enemigos, nadie le negará que el patriotismo guió siempre sus acciones, y que siempre fué desinteresado. Asociado a todos los acontecimientos ocurridos en España desde la revolución del 68 a la Restauración, los más graves quizás de nuestra historia en el presente siglo después de la guerra de la Independencia, siempre fueron sus móviles la buena fe y la honradez política, virtudes raras, y en sentir de muchos, contraproducentes en el arte del Gobierno. Antes indiqué la participación que tuvo en la sublevación que derrocó la dinastía.

Puede asegurarse que sin Topete el movimiento aquel, tan laboriosamente preparado, no hubiera sido nunca un hecho.

En el Gobierno provisional desempeñó Topete la cartera de Marina. Fué de los más eficaces auxilia-

res de Prim en aquel difícil interregno, cuando, puestas en tela de juicio todas las cuestiones, incluso la forma de Gobierno, la estabilidad política era un mito, y las dificultades políticas sucedían a las dificultades; época verdaderamente grande y gloriosa, en la cual, gracias a los esfuerzos titánicos de aquellos hombres, se salvaron los principios fundamentales de aquel Gobierno.

Pero lo característico del general Topete durante el azaroso período de la Regencia fué el tesón con que patrocinó la candidatura del duque de Montpensier al Trono vacante. Topete fué siempre monárquico, sin-cero católico y profesaba al Infante de Orleáns un leal afecto. Creía con la mejor buena fe que el Soberano que más convenía era el hijo de Luis Felipe, y admiraba sus dotes de gobierno, bien marcadas y manifiestas en ciertas dotes de la vida privada. Sus dos ilustres compañeros, Serrano y Prim, no participaban de las mismas ideas, singularmente el último, cuyas altas dotes de hombre de Estado se revelaron desde los primeros días del Poder efectivo. En cuanto a Serrano, si al venir a la revolución pudo traer in mente la candidatura del duque de Montpensier, la Regencia que desempeñó y las realidades del Gobierno debieron desilusionarle respecto a aquel punto.

El gran error de Topete fué no comprender que el duque de Montpensier, a pesar de sus excelentes

prendas de padre de familia, de su esmerada educación y conocimiento del mundo, no fué nunca simpático a los españoles. Su candidatura, sostenida por hombres importantes de la antigua Unión liberal, no tuvo jamás el veredicto popular. Sin duda influyó contra ella la insistencia enojosa con que se trabajaba dicha candidatura en cierta parte de la prensa. El duque mismo se exhibió demasiado, hacía el candidato con excesivo celo, y esto en España es siempre de muy mal efecto.

Inútil es decir que Topete pasó grandes amarguras al ver patrocinada por su amigo y compañero el general Prim la candidatura de don Amadeo de Saboya para Rey de España. Por coincidencia fatal, los terribles sucesos de aquellos días, la trágica muerte de Prim, llevaron de nuevo a Topete al Gobierno, y el partidario del duque de Montpensier se vió obligado a recibir al Rey Amadeo a su entrada en España.

Después del efímero reinado del ilustre hijo de Víctor Manuel, Topete volvió a figurar en el Gobierno, y asistió con el general Serrano a la campaña del Norte contra los carlistas, combatiendo ante las formidables posiciones de San Pedro Avanto. Hecha la Restauración, se retiró definitivamente de la política, y sólo ha figurado como senador, siendo su asistencia a la alta Cámara muy poco asidua.

En el Ministerio de Marina se ha dejado, sí, sentir su influencia, y en más de una ocasión su pericia y su grande experiencia ha sido consultada por los ministros del ramo. Aunque últimamente des-empeñaba un destino sedentario, se le designó para presidir la comisión que debía adquirir material de guerra en el extranjero. Cuentan que los acontecimientos de las Carolinas y el mal estado de nuestra marina, para el caso no improbable de una guerra con Alemania, le afectaron de tal manera, que alguien atribuye a esto la agravación de sus achaques y su muerte en edad no ciertamente avanzada.

El entierro del por tantos títulos ilustre almirante ha sido una manifestación de simpatía y de sentimiento. Han concurrido a él hombres de todos los partidos, todos los marinos residentes en Madrid, y la prensa, salvo excepciones lamentables, ha hecho demostraciones de duelo, recordando los inmensos servicios prestados al país por el comandante de la fragata Blanca, y reconociendo su buena fe en política. En cuanto a sus dotes de caudillo en la mar y de navegante, ni sus enemigos más encarnizados las desconocen. El Rey Alfonso, dando una prueba de sentimientos generosos, ha dirigido a la viuda, desde El Pardo, donde está ahora la Corte, una carta de pésame; y el duque de Montpensier que ha llegado a Madrid hace dos días, ha hecho también una manifestación de sus afectos hacia el ardiente patrocinador de su candidatura al Trono de España.

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